Las enseñanzas de Esquel

Alejandro Villar – Docente investigador – Universidad Nacional de Quilmes

¿Esquel tuvo un repentino brote contra el desarrollo capitalista, influenciado por los antiguos rojos, desteñidos en verdes o, más bien, percibió que estaba juego su forma de vida?. Creo que fue lo segundo. La población de Esquel no se movilizó y votó solo por posiciones ambientalistas o ecologistas, fundamentalmente salió a defender una forma de vida que corre riesgos de desaparecer. En efecto, la región de Esquel se sostiene económicamente de la presencia del estado y del turismo, a lo que se suma un paulatino crecimiento de la producción de fruta fina y flores orientada al mercado externo, que ha contado con un importante apoyo del gobierno provincial. Así, una industria sustentable como la del turismo está sostenida por pequeños emprendedores que a lo largo de varios años han logrado tener algunas cabañas, una pequeña hostería o su restaurante. Estas Pymes aceitan el fluido económico local y generan el poco empleo no estatal de la región. Este entramado social, cultural y productivo es el que corre el mayor riesgo porque ¿quién querrá ir de vacaciones a una región sospechada de poseer cianuro en sus ríos?.
En este sentido, un emprendimiento de extracción de recursos naturales no renovables que, además, pone en riesgo el ecosistema local no solo no va a resolver los problemas económicos de Esquel sino que es posible que los agrave. La pregunta es si los 300 puestos de trabajo prometidos (más los hipotéticos 1.200 puestos generados por la supuesta compra de insumos en la región, cosa por demás extraña en una empresa globalizada) compensarán las pérdidas que la merma del turismo produzca. La población de Esquel, sabiamente, no quiere correr el riesgo de encontrarse dentro de 10 ó 15 años con un enorme hueco en la montaña y un pueblo fantasma.
Los pobladores de Esquel acaban de dar una gran lección a sus gobernantes, locales y provinciales. Esta lección tiene dos aspectos centrales, uno eminentemente político: Las decisiones sobre el destino de las ciudades, comarcas o regiones no deben ser tomadas solo en despachos oficiales y con una visión, en el mejor de los casos, de planificación centralizada. Es necesario que la comunidad que se verá afectada por un emprendimiento que pueda alterar tanto el medio ambiente como sus condiciones sociales y culturales participe y sea consultada “antes” de la toma de decisiones.
El otro aspecto de esta lección puede servir para que los gobernantes empiecen a pensar el desarrollo regional y local desde una nueva perspectiva; la que brinda el concepto de “desarrollo endógeno”. En efecto, el modelo clásico de desarrollo ha estado ligado al crecimiento económico y está asociado a la implantación de grandes fábricas, generalmente de capital transnacional, que traen consigo la generación de empleo y la proliferación de pequeñas y medianas empresas ligadas, de alguna manera, a la producción de la gran empresa. Este modelo se considera desarrollo exógeno, ya que las fuerzas que lo impulsan arriban desde “afuera” del territorio en el que se asientan y responden a la lógica del mercado globalizado antes que a las particularidades y necesidades locales. Así, frente a este modelo clásico se ha comenzado a difundir, sobre todo en Europa y Canadá, la idea del desarrollo endógeno. Este modelo tiene como principal sostén la revalorización del territorio y de los recursos locales. El punto de partida es que todas las comunidades territoriales tienen recursos (económicos, humanos, institucionales y culturales) que constituyen su potencial de desarrollo. A nivel local se concentran determinadas estructuras productivas, mercados de trabajo, capacidades innovadoras, un sistema institucional, cultural y de tradiciones propias que se articulan para dar paso a procesos de crecimiento local. Esto no significa, entonces, un rechazo a la inversión externa, sino que se plantea que ésta y las de carácter local deben articularse para obtener un adecuado aprovechamiento de todas las capacidades disponibles para obtener, así, un desarrollo enraizado en el territorio y la comunidad local.
La contundente respuesta de Esquel puede servir, por un lado, para mirar al territorio no solo como una cantera de recursos naturales sino como el espacio donde la comunidad local sea considerada como el actor central de su propio destino y, por otro para pensar el desarrollo de la Argentina con una visión integral que revierta la actual inequidad social y contemple las particularidades regionales.
Alejandro Villar
Docente investigador
Universidad Nacional de Quilmes

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